Tus cicatrices son hermosas para Dios - III

Sharon Jaynes, Tus cicatrices son hermosas para Dios: Cómo encontrar paz y propósito en tus heridas del pasado (trad. Marta Varisco; 4ª. ed.; El Paso, TX.: Editorial Mundo Hispano, 2009).

Comentario a párrafos iluminadores

No hay nada que podamos hacer para ganar el perdón de Dios. Nada. Pues no tiene que ver con nosotros. Tiene que ver con Dios (p. 123).

Lamentablemente el fariseísmo que nos inunda nos ha hecho creer que el perdón es deuda, y no entendemos que es un regalo, un don de la gracia de Dios concedida a todos aquellos que honestamente aceptan su obsequio de amor. Transmitir una idea contraria, es simplemente, entorpecer la sanidad de quienes se han equivocado y han traído dolor a sí mismos y a otros.


No importa lo que hayamos hecho por lo que deseamos esconder nuestro rostro de la presencia de Dios, él nos llama a que salgamos del escondite y entremos en sus brazos (p. 139).


El mayor engaño de la religión distorsionada es creer que Dios nos rechaza, sin entender, que el amor de Dios cubre todas las faltas y nos permite vivir con la esperanza de que nuestra vida puede ser restaurada.
Dios quita la vergüenza y el castigo, pero la memoria nos ayuda a que elijamos no volver a recorrer ese camino otra vez (p. 146).
La memoria es nuestro recordativo de qué caminos podemos transitar y de aquellos que debemos olvidar. Sin embargo, la memoria acusadora de los fariseos no permite crecer, al contrario hunde y destruye.
¿Qué es lo que hay en una iglesia que hace que nos pongamos máscaras para cubrir lo que realmente está pasando dentro nuestro?.  […] A veces la iglesia se convierte en nuestro escenario para representar el papel de ‘vamos a pretender’ […] Creo que nuestras iglesias se han convertido en patios de estatuas de piedra donde todos tratan de mezclarse y conformarse a la imagen… no de Cristo… pero de lo que otros esperan ver en aquellos que van a las iglesias […] Las máscaras que utilizamos en la comunidad cristiana muchas veces echan un velo que oculta la verdad de quiénes somos realmente (p. 150-152).
La mayoría de las iglesias y los religiosos, viven una tragedia. Esconden sus miedos y conflictos detrás de máscaras, intentando aparecer ante los demás como individuos que no tienen nada que superar, como si todo estuviera bien, cuando en realidad, en el fondo, todos luchamos con el pecado, con los conflictos interiores y las tendencias heredadas y adquiridas. Ser honestos con nosotros mismos es la primera condición de la restauración.
Citando a Michael Yaconelli de su libro Espiritualidad desarreglada: Nuestras iglesias están llenas de gente que exteriormente parecen estar contentas y en paz, pero interiormente están a gritos buscando a alguien que los ame… tal como son: confusos, frustrados, a menudo atemorizados, culpables, e imposibilitados de comunicarse aún dentro de sus propias familias. […] Jesús no viene para los superespirituales, sino para los débiles y a los que les tiemblan las piernas, los que no las tienen todas consigo, y no son demasiado orgullosos para aceptar la dádiva de la gracia increíble (p. 153).
Es la cruda realidad que se esconde detrás de máscaras, sonrisas de circunstancias, reprobaciones a los que se equivocan (como si estuviéramos libres de hacerlo nosotros), etc. Muchos huyen de la iglesia, precisamente por esa muestra externa de santidad que es irreal. Ser santo, desde la perspectiva bíblica no es mostrarse sin pecado, sino como pecador separado, como carbón rescatado del fuego.
Quizás pienses que no mereces servir al Señor debido a lo que has hecho. Pero, ¿sabes qué? En primer lugar, tú nunca mereciste servir a Dios. Ninguno de nosotros, en realidad. Si pensamos que todo se basa en quién merece o no merece servirle, pues entonces estamos poniendo demasiado valor en nuestro rol en el proceso de redención (p. 188).
Una idea transmitida a menudo es que nuestro pecado nos descalifica, nos separa y nos hace indignos. Si ese fuera el caso, nadie debería osar poner un pie en una iglesia, ni siquiera ponerse en pie en una congregación religiosa, no hay nadie digno, nadie que merezca llamarse puro o santo, la santidad y pureza sólo es de Dios y nosotros la recibimos nominalmente como una dádiva inmerecida de su parte.
Si el pecado nos deshabilita para el ministerio, entonces todos tendríamos que estar escondidos en nuestros hogares. […] Escúchame bien. Si nuestras fallas del pasado y nuestros errores nos deshabilitan para el ministerio, entonces ninguno de nosotros podría pasar el examen. […] No he podido encontrar en la Biblia un solo ejemplo donde una persona arrepentida fuese deshabilitad para servir en el futuro (p. 189).
Tampoco he encontrado ningún pasaje que sugiera algo así, si de descalificación se tratara, todos estamos descalificados y nadie merecería llamarse ministro. Este libro me ha dado esperanzas para mis propios conflictos interiores, lástima que algunos se congratulen con apuntar, señalar, recordar el pecado ajeno, y no entiendan que dicha actitud no tiene nada que ver con caridad cristiana ni con perdón real.
Dios es un milagroso borrador de errores (p. 191).
Muchos religiosos son extraordinarios borradores de creyentes, se extasían expulsando a otros de sus “santas” congregaciones, sin entender, que la disciplina que no redime, simplemente es castigo que destruye.
Yo no sé si te ha pasado, pero yo he visto en mi vida a algunas personas en nuestras congregaciones religiosas que son adoradoras del silbato, inflexibles, auto-enaltecidas que no pueden ver más allá de sus preciosos libros de reglamentos, para considerar a la criatura de Dios arrepentida, quebrantada y dolorida que se encuentra parada delante de ellos. Siempre va a haber árbitros religiosos que van a tratar de que un pecador arrepentido no entre en el campo de juego (p. 199).
Cuando leía esta cita recordaba a todos mis “hermanos” que se congratulaban a sí mismos por “poner las normas altas”, sin importarles si en su cometido herían, maltrataban, alejaban o destruían. Esa conducta simplemente es inaceptable y muestra a una serie de personas que simplemente no han aprendido a vivir la gracia del evangelio.
Es Satanás quién nos dice que vamos a ser condenados, porque no desea vernos liberados (p. 210).
Y son instrumentos del enemigo quienes realizan la misma función con otros cristianos a quienes no dan la oportunidad de la redención.
Cita a Carol Kent quien dice: Una de las táctica más destructoras del Enemigo es la de paralizarnos con nuestras propias heridas psicológica en lo emocional; llenarnos de tanto dolor y vergüenza que realmente nos convencemos de que nunca más vamos a poder volver a ‘levantarnos y caminar’ (p. 225-226).
Cuando no le hablamos al pecador y nos alejamos de él, nos ponemos en una posición insostenible, nadie está libre de culpa, ninguna persona puede reclamar impecabilidad, nadie puede decir que está libre de pecado, quien lo haga simplemente olvida el concepto de Juan que señala precisamente que esa es una muestra de hipocresía.
La economía de Dios: Los primeros serán los últimos, ganamos nuestra vida cuando morimos a nosotros mismos, recibimos cuando damos, somos poderosos cuando somos débiles, somos puestos en alto cuando nos humillamos frente a Dios (p. 228).
La forma en que Dios mira la realidad es simplemente totalmente diferente. Dios ve lo que nosotros no vemos y observa la realidad desde una perspectiva totalmente diferente, si nos ubicamos en la perspectiva de Dios es posible que comencemos a cambiar nuestra forma de tratar a otros y de tratarnos a nosotros mismos.
Tendemos a pensar que nuestras cicatrices impiden nuestro servicio a Dios cuando a menudo sucede que son nuestras propias cicatrices las que nos habilitan (p. 230).
Benditas cicatrices, si han servido para darnos lecciones de honestidad, dependencia, y rechazo a la autoconfianza y otras características que simplemente nos llevan lejos de la gracia de Dios.
Todos tenemos discapacidades. […] ¿Cicatrices? Todas las tenemos. La manera en que las miremos es lo que va a cambiar nuestro corazón. Es lo que decidimos hacer con ellas lo que puede cambiar al mundo (p. 237).
Un hermoso colorario para acabar este libro que debería ser lectura obligada de todos, especialmente de aquellos que tienden a esconder sus cicatrices.

Parte I - Parte II

Espero que lean el libro, no lo fotocopien porque eso es un robo, cómprenlo o pídanlo prestado, es más digno.

5 comentarios:

  1. SOY HNA BERNARDA TAMBIEN ESCRITORA , SU LIBRO ES ALECCIONADOR E INTERESANTE NO LO POSEO PERO LEI LA INTRODUCCION EN SU PAGINA , ME AGRADA LA EXPRESION SINO COMO PECADOR SEPARADO Y LA METAFORACOMO CARBON RESCATADO DEL FUEGO CONGRATULACIONES , BENDICIONES .

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  2. Es un gran libro , te ayuda a ver que Dios nos ama a pesar de todo, y podemos utilizar nuestra vida para bendecir a otros.

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  3. Es un libro hermos que nos ayuda a ver como Dios nos perdona y restaura nuestras vidas a pesar de lo que haya pasado, y esa experiencia puede ser utilizada para bendecir la vida de otros.

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  4. Leí el primer libro y me identifique con muchos testimonios. Dios le continué bendiciendo en sabiduría para llevar su palabra a muchos.

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  5. Buen comentario al libro Pastor, muchas gracias.

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